Valfierno

18 ene

El chico entendió que vivía en una ciudad – o poblacho, o lugar – que podría haber sido otra: que el hecho de que viviera en esa ciudad era un azar pero, sobre todo, que esa ciudad no era el único lugar en el mundo o, mejor, que esa ciudad que llamaban Rosario no era el mundo.

Es un choque: para un chico es un choque cuando entiende que el lugar donde vive es uno entre muchos, que podría haber vivido en tantos otros. No es que podría vivir en tantos otros: eso viene después; al principio el choque es aprender que las cosas pueden ser como son o de mil formas.
Cuando cae en la cuenta, consecuentemente, de que nada debe ser como es. Dicho en palabras que el chico no usaría: que no hay necesidad.

Durante buena parte de su vida como chico, un chico cree que todo lo que lo rodea es irremplazable, necesario: sus padres o lugares o maestros, su calidad o sus juguetes. Después, de a poco – y finalmente un día, de golpe – un chico entiende que son una posibilidad entre infinitas otras.

Ni pelos de la barba ni patinazos de la voz ni granos: es el descubrimiento de su condición intolerablemente caprichosa lo que hace que un chico, si acaso, deje de ser chico. Aunque algunos afortunados ni aún así.

¿Será que nos importan sólo las cosas que están a punto de romperse?

Valfierno -Martín Caparrós

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