Como cuando los empleados del cementerio pusieron las tuercas para cerrar el nicho en el que descansan los restos de mi abuela, hoy sentí que no había vuelta atrás cuando el cajero del correo puso el sello a mi telegrama de renuncia.
Era diciembre de 2007, había nacido hace 17 años y tenía un flamante título de Perito Mercantil cuando entré a una empresa enorme: una colosal automotriz, de esas que una no espera entrar cuando la experiencia laboral es igual a cero y cuando tu minoridad todavía está ahí. Sin embargo, firmé mi primer contrato, saqué mi CUIL, me hicieron el primer examen de sangre del que no vería los resultados.
Algún tiempo después me pasaron a la central de ese lugar donde trabajaba. Eso significaba mucho más trabajo, muchos más compañeros, muchos más sectores. Y seguía siendo menor. Me encontré con la inexperiencia, con algunas lágrimas, con las primeras rabietas con el jefe.
Pero, sobre todo, luché con los días y con la rutina; con la gente que uno convive más horas que en su propia casa y que, como la familia, no puede elegir. Si tenés que trabajar con alguien insoportable, tendrás que soportarlo. Si trabajás con alguien que es demasiado buena onda, disfrutalo: quizás mañana encuentre otra cosa y no esté más.
La semana que viene empiezo a pasar mis días en un lugar nuevo, haciendo lo que elegí hace mucho tiempo estudiar, queriendo empezar, siendo todo ansiedad. Pero, sobre todo, soy preguntas.
Me pregunto si podré vivir algo tan intenso como viví estos tres años y dos meses en Volkswagen. También si habrá tanta gente increíble, personas que hoy me sonrieron de oreja a oreja cuando conté que me iba y hacía chistes con la copia del telegrama en mano.
Me pregunto si voy a reír tanto con mis nuevos compañeros pero, sobre todo, si podremos llorar abrazados como lloramos hoy cuando les conté cuánto tiempo quedaba ahí adentro.
Hoy, sin embargo, soy todo paz y agradecimiento.
Paz porque veo las sonrisas, escucho sus felicitaciones y siento sus lágrimas, pero también porque creo cuando dicen que siempre voy a tener un lugar ahí cuando quiera volver. Y cuando los demás quieren que, si tenés que irte, al menos prometas que cuando lo necesites vas a volver, es porque hiciste las cosas bien.
Agradecimiento porque me llevo un montón de amigos, un montón de recuerdos, un montón de sensaciones en este tiempo en que compartimos almuerzos y salidas, en el que me vieron llegar casi dormida al trabajo por haber tenido que estudiar, en el que leyeron todo lo que había escrito para darme una opinión, en el que me preguntaron mil y unas veces cuánto me faltaba para recibirme para luego felicitarme por haberme recibido.
E incluso hoy, para sacarme una risa ahora que también soy toda llanto fácil.
Agradecimiento porque la vida no puso un freno para lo que quería para mí (aunque a veces siento que va todo muy rápido).
Agradecimiento porque hay gente de mierda que no está para compartir esto ni nada más.
Agradecimiento por conocer gente a la que voy a extrañar tanto. Y miedo.
Y empuje para seguir caminando para adelante. De la única manera en que las cosas salen bien.

Una respuesta hacia “Auf wiedersehen Volkswagen!”