Dijo Cele en su perfil de Facebook:
“Cambiar de trabajo es horrible y genial a la vez. Horrible porque voy a extrañar muchisimo mil la agencia y a mis compañeros que a lo largo de estos casi dos años, se convirtieron en una pseudo-familia. Y genial, porque vienen un monton de cosas nuevas, gente nueva, desafios nuevos, mucho aprendizaje y crecimiento”
Al instante hizo que me viera todas las veces que cambié de trabajo. Tengo 21 años, comencé a los 17 y tuve que despedirme dos veces de gente a la que consideraba mi familia, porque incluso pasábamos más tiempo juntos que con los sanguíneos.
En el post que hice cuando me fui de mi primer trabajo contaba que, mientras esperaba a que entregaran mi telegrama de renuncia, escuchaba cómo el empleado ponía los sellos en todas las copias. Salí del correo llorando, con el papelito en la mano y sin saber cómo decírselo al resto. Después de eso no había vuelta atrás ni “quedate” que valga.
Fueron tres años en que se preocuparon por mí, por mi carrera y por lo que me pasaba, aún más que mi propia familia. Me enseñaron a ser buena compañera, a respetar los horarios y los humores de cada uno y a aplicar todo eso que en la calle se dice “códigos”: no cagarse ni en el laburo, en la plata, en los sentimientos ni en la reputación de otro.
El último día no podía parar de llorar. Sentís que los brazos no te alcanzan para abrazar todo lo que querés. Cada vez que me decían que no llore, que no me vaya o que me iban a extrañar lloraba cada vez más. Lo más simbólico siempre es desarmar tu escritorio u oficina. Cuando te vas con tu cajita de cosas no hay nada más tuyo ahí y ya no te esperan al otro día.
Después del primer trabajo la despedida es más fácil, aunque siempre queda la congoja de tener que decirle a alguien con quien compartís muchas horas que ya no se van a ver más.
Llegué al segundo trabajo con mucho miedo y muchos cambios: pasé de una empresa de miles de empleados y legajos a una oficina chiquita de todos hombres. Al principio me miraban raro y se notaba que estaban incómodos pero después pasamos horas geniales todos juntos (y hasta me llegaron a decir “esto es una cárcel de varones sin vos” cuando me fui). Ahí creé el hashtag #mividaconellos.
Lo más lindo de irte de los lugares es que es como pasar un filtro: queda solamente lo importante. Sí, hay gente que no vas a perder y otra a la que no vas a ver más. Algunos que te van a llamar sólo cuando necesiten algo y muchos otros que van a preguntar constantemente cómo estás y van a extrañar lo que hacías para el conjunto, porque todos tenemos un rol en esa familia grande que es el trabajo.
Ahora me gustaría ponerle una mano en el hombro a Celes, porque sé que al menos como mujeres se nos cruzan muchos sentimientos: alegría por lo nuevo, tristeza por tener que irse, miedo de no encajar en el lugar nuevo, miedo a que nuestros amigos se olviden de nosotros, miedo a que la gente nueva no se lleve bien con nosotros.
Cada tanto pasar por tus lugares de antes es como un mimo. No hay nada más lindo que que se acuerden de vos, te llenen de abrazos y te digan un “¿cuándo salimos?” a modo de reclamo. Se te vienen todos los recuerdos de ese lugar, generalmente los buenos. Hacelo todo lo seguido que puedas y que puedan recibirte.
Y por el lugar nuevo: ¡no tengas miedo! Acordate de cuando fuiste a la oficina de la que te estás yendo ahora por primera vez. Seguro no fue fácil, pero es cuestión de tiempo para encontrar tu lugarcito. Todo eso que te molestaba de la antigua, no va a estar más. Seguramente tengas otras cosas para refunfuñar, pero todo a su tiempo.
Por último: pensá que cada lugar que dejás es una etapa. No dejás un lugar ni una relación sin haber crecido al menos un poquito, así que ahora vas a encarar una nueva etapa mucho mejor preparada que hace dos años. Y seguro te va a ir bien
Y todos ustedes que leen esto, ¡dénle ánimos a Cele en su nueva etapa!
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