Tom (1996 – 2013)

28 may

Fuiste mi regalo de cumpleaños de 6. Yo no sabía bien lo que significaba tener una mascota, pero supuse que era algo así como un juguete nuevo.

Vos y tus uñas se encargaron de demostrarme que no, que no eras un juguete. Que eras un ser que sentía, que pensaba, que decidía y que no tenía ganas de que lo moleste una nenita.

Pasamos muchos años juntos mientras crecíamos. Fuiste teniendo tus lugares, tus mañitas, tus gustos. Te festejamos los cumpleaños. Fuiste el alma de la casa. Viste cómo nos fuimos yendo uno por uno a vivir a otras casas, nos extrañaste cuando no estuvimos.

Me robabas media cena del plato. Me esperabas dentro del baño al salir de la ducha. Era la única a la que dejabas alzarte, tocarte la panza, incluso las patas de atrás alguna que otra vez. Te encargabas de despertarme todas estas madrugadas si me pasaba un poco de hora.

Llegando a estos últimos momentos, me preguntaba qué iba a pasar conmigo cuando no estuvieras más. Rápidamente cambiaba de idea y me iba a tirar a la cama con vos para abrazarte.

Hoy tuve que hacerlo por última vez, pero en una camilla fría. Te escondiste en mi cuello y te pusiste a ronronear, como lo hacías cuando nos tirábamos al solcito. Te fuiste y me quedó este frío de saber que no te voy a ver. Te fuiste y me quedó este nudo en la garganta de un “nunca más”. Te fuiste y me quedó esta desesperación de haberlo intentado de todo en vano. Te fuiste.

Te pedí que me esperaras allá y te dije que te iba a llevar conmigo adonde vaya. Me respondiste escondiendo la carita en mi mano. Me partiste el corazón en mil.

Fuiste el mejor regalo que alguien me hizo jamás. Gracias por haber venido. Gracias por todo lo que nos diste en estos 17 años.

I’ll see you in another life… when we are both cats.

Cómo se siente una mujer

23 may

Sucedió ayer. Salí del aeropuerto. En una caminata de diez metros, sólo veo hombres. Conductores de taxi hablando fuera de los autos. Empleados con remeras de “¿puedo ayudar? Un hombre con un maletín y el celular en la mano. Muchos hombres, repartidos en diez metros de camino. Al caminar esos diez metros, me siento como una gacela paseando entre leones. Soy observada por todos lados. Medida. Analizada. Mi cuerpo, mi culo, mis pechos, mi pelo, mis zapatos, mi vientre. Todos ellos me están mirando.

Sucedió cuando tenía trece años. Practicaba un deporte casi todos los días. Dejaba el gimnasio y caminaba dos cuadras hacia la parada del colectivo, a las seis en punto. Caminaba por la vereda casi vacía al lado de una carretera principal. De estos paseos, recuerdo los primeros momentos de la violencia urbana memorable. Autos que pasaban despacio de mi lado, y desde el interior, sólo escuchaba una voz masculina: “sexy”. Hombres solos que cruzaban la vereda, miraron hacia atrás y suspiraron: “¡Qué delicia!” Yo tenía trece años. Llevaba una calza, zapatillas y remera.

Ahora, multiplicá eso por todos los días de mi vida.

Sé que es difícil para los hombres entender cómo esto puede ser la violencia. Nosotras mismas, las mujeres, nos hemos acostumbrado a “dejarlo ahí”. Nos acostumbramos para vivir día a día.

Estos días, estaba sentada en la playa mirando el mar, y de él salió una chica. Pasó un tipo que dijo algo. Ella se apartó y se acercó a mí. Dije buenas noches, me dijo que el agua era una delicia, y hablamos un poco. Le pregunté si el chico le había dicho alguna bestialidad. Ella dijo, “sí, pero estamos tan acostumbradas, ¿no? Ya lo ignorás de forma automática”.

El privilegio es invisible. Para el hombre, sólo es posible ver el privilegio si hay empatía. Tratá de imaginar un mundo en el que, durante cinco mil años, todos los hombres fueron esclavizados, violados, asesinados, cortados, controlados. Tratá de imaginar un mundo en el que, durante cinco mil años, sólo las mujeres eran científicos, físicos, jefes de policía, matemáticas, astronautas, médicos, abogados, actrices, generales. Tratá de imaginar un mundo en el que, durante cinco mil años, ningún representante de su género ha triunfado en la televisión, el teatro, el cine, las artes. En la escuela se aprende sobre la historia hecha por mujeres, las mujeres a la ciencia, el mundo hecho por mujeres.

En su texto “Un techo todo suyo” Virginia Woolf describe por qué sería imposible que una hermana hipotética de Shakespeare escribiera tan brillantemente como él. Woolf dice:

“Cuando leemos acerca de una bruja quemada, una mujer poseída por los demonios, una mujer sabia vendiendo hierbas… creo que estamos frente a una escritora perdida o una poeta cancelada.”

Desde el comienzo del patriarcado, hace cinco mil años atrás, las mujeres no tienen la libertad suficiente para ser científicos o artistas. Woolf explica:

“La libertad intelectual depende de cosas materiales. Y… las mujeres siempre han sido pobres, no hace 200 años solamente,  sino desde el principio del tiempo”.

Este argumento no es sólo para las mujeres: pobres, negros y otras minorías no podían ser tan brillantes poetas porque, para ello, es necesaria la libertad material.

Aunque el mundo está en proceso de cambio, todavía hay menos oportunidades y reconocimiento de las mujeres y las minorías para ejercer cualquier profesión intelectual. Los lectores de una página de Facebook de la ciencia todavía suponen que el autor es un hombre y comentaristas de televisión no tienen en cuenta las manifestaciones culturales que vienen de la favela como cultura de verdad.

Es cierto: hoy en día, la vida es mucho mejor, sobre todo para la mujer occidental como yo. Pero aún siendo una mujer libre y de una vida exitosa en una metrópolis occidental, todavía se sienten en la piel las consecuencias de cinco mil años de opresión. Y si querés ver esta opresión, no hay necesidad de entrar en los libros de historia. Basta con encender el televisor.

Río de Janeiro, 2013. Una pareja es secuestrada en una camioneta. Las secuestradoras se colocaron una cinturonga, llena de mierda y moho, y violaron al joven. Todas ellas, una a una, metían ese pene enorme en el culo del chico, sin preservativo y sin lubricante. La novia, mala, intentó hacer algo pero fue atada, llevándose patadas y trompadas.

Al ver esta noticia, ¿te ponés en el lugar de la víctima (que sufrió uno de los peores episodios de violencia física y psicológica que existe) o en lugar de los que vieron? Naturalmente cambié los géneros: la violencia real le sucedió a una mujer.

¿Cuánta violencia sufro sólo por ser mujer?

En la infancia, fui excluida del scouting porque no era cosa de chicas. Fui violada a los ocho años. (y al menos dos tercios de las mujeres que conozco y que conoces sufrieron alguna violación, pero probablemente no lo digan jamás). Sufrí toda la preadolescencia por no comportarme como una dama. Por no tener tetas. Por no tener el pelo largo y liso. Desde siempre he tenido mi sexualidad reprimida por la familia, la sociedad, los medios de comunicación. Si tomara la iniciativa con un hombre, sería razón para llamarme puta. En uno de mis primeros trabajos he oído que las mujeres no trabajan tan bien, ya que son muy emocionales y tienen síndrome premenstrual. En otro trabajo, mi jefe me dijo que mi cabello era feo y me ha pagado para que vaya a la peluquería, para estar más presentable ante los clientes. Decidí que no quería ser esclava de la depilación y recibo miradas feas cuando salgo en pantalones cortos o musculosas. Me he puesto un montón de maquillaje, sólo porque la televisión y las publicidades muestran a mujeres que usan maquillaje, y por lo tanto es muy común sentirse fea a cara limpia.

Vos, hombre, ¿sabés qué es maquillaje? Tener un producto para dejar la piel limpia, uno para disimular las ojeras, otro para disimular imperfecciones, otro para dejar las mejillas enrojecidas, otro para destacar las cejas, otro para resaltar las pestañas, uno para la coloración de los párpados, uno para la coloración de los labios. ¿Cuántas veces te has pasado tantos productos en la cara sólo porque tu jefe o tu primera cita te podría encontrar fea a cara lavada?

Cuando estoy en el subte, debo encontrar un lugar seguro para evitar que alguien se frote sobre mí. ¿Vos hacés esto?

Cuando voy a las reuniones familiares, me preguntan por qué estoy tan flaca, qué hice con mi pelo y si estoy saliendo con alguien, mientras que a mi primo le preguntan qué estudia y cómo va el trabajo.

En la televisión, el 90% de los anuncios me denigra. Casi ninguna película me representa o pasa la prueba Bechdel. Todas las mujeres aparecen con ropa sexy, incluso las súper heroínas que deben utilizar un traje cómodo para la batalla. Las revistas me enseñan que mi objetivo es complacer a mi hombre en la cama. Mientras los chicos se comparan el pene con los amiguitos, a mí me enseñaron que la masturbación es muy fea y que si me pongo una pollera corta, no doy respeto.

¿Cuánto tiempo me tomó deshacerme de la represión sexual y virar a una mujer que le encanta el sexo? ¿Cuánto tiempo me tomó liberarme en la cama y llegar a disfrutar mientras muchas de mi género están preocupadas en si su pareja les está viendo la celulitis o los rollitos de la cintura, y por lo tanto no puede llegar al orgasmo? ¿Cuánto tiempo se tardó en llegar a ver un pene y tener sexo con las luces encendidas? ¿Cuántas veces he oído, en el tráfico, un “tenía que ser una mujer”? ¿Cuántas veces has escuchado decir “tenía que ser un hombre”?

Todo esto para, al final del día, ir a un restorán y no recibir la cuenta cuando la pedí yo, porque hace cinco mil años soy considerada incapaz. Y todo esto, gente, para escuchar que estoy exagerando y que no existe más el machismo.

Este es un muy pequeño resumen de lo que sufro o corro riesgo de sufrir todos los días. Yo, mujer blanca, de clase media, heterosexual. Las negras sufren más que yo. Los pobres sufren más que yo. El oriental sufre más que yo. Sin embargo, todos sufrimos el mismo problema: ningún país trata a sus mujeres tan bien como a sus hombres. Ninguno. Ni Suecia ni los Países Bajos, o en Islandia! En todo el mundo “civilizado” sufren violencia, tienen menos acceso a la educación, el trabajo o la política.

En todo el mundo, todavía somos hermanas de Shakespeare.

¿Y usted, amigo lector? ¿Cuando se acerca un extraño hostil en la calle, piensa “por favor no me robe el celular” o “por favor no me viole”?

**

El texto original de la autora está en este link. Lo pego acá, porque varios me pidieron que lo traduzca del portugués :)

Let it flow

23 abr

Tenía el pelo rubio y los ojos de un azul profundo como el océano.

Cuando era chico, sufrió el exilio por razones que los grandes no le pudieron explicar.

Juampi se encontró solo y lejos de casa de repente, mientras el resto le preguntaba por qué no salía a jugar con otros nenes; a aprender algo de “la calle”.

Resulta que en las aguas aprendió más de lo que podían enseñarle sus pares, aún siendo joven para eso.

Mirando sus ojos tan profundos, me contó sobre sus horas solo, en la playa, mirando las olas ir y venir, sin ningún sonido más que el del agua y las gaviotas.

Así fue que quiso dominar lo que veía, y decidió ser surfista. Una tablita, algunos golpes, mientras iba creciendo y reencontrándose día a día con la playa, mientras pasaban las horas de colegio y la ansiedad por salir corriendo a reencontrarse con su única amiga en ese lugar.

Un día, las cosas salieron mal. Y Juan Pablo aprendió lo que iba a llevar como su talismán.

Estaba nublado, hacía frío y las olas lo traicionaron.

La marea de pelos largos y rubios que parecía desde la costa se vio envuelta por la corriente del río, que no lo dejaba salir, que lo empujaba para adentro, mientras él luchaba por llegar a la orilla.

Yo tenía diez años cuando lo conocí. Ese día, se acercó y me dijo, a modo de secreto: “cuando la corriente te empuje y sientas que no podés llegar a la costa que querés, tranquilizate y sólo preocupate por flotar. Si luchás contra la corriente, te vas a cansar y probablemente termines ahí, cansada, te agarre la noche, con ella el frío y tengas un feo descenlace. Pero, si te dejás arrastrar por las olas, siempre te van a dejar en alguna costa segura. Confiá”.

Antes de despedirnos, ésa que fuera la última vez que nos iríamos a ver, advirtió: “quizás le des otro uso a estas palabras cuando seas más grande”.

Hoy pasé por la puerta del lugar donde lo conocí y entendí por qué, esa frase que en su momento me parecía descolgada, en algunos años iba a tener otro significado.

No pasó tanto, Juampi.

Keep on dreamin’

23 nov

 

‎”Tenemos que obligar a la realidad a que responda a nuestros sueños, hay que seguir soñando hasta abolir la falsa frontera entre lo ilusorio y lo tangible, hasta realizarnos y descubrirnos que el paraíso estaba ahí, a la vuelta de todas las esquinas

Julio Cortázar

Imagen

Regret nothing

12 nov

Única

25 oct

“Cada persona que pasa por nuestra vida es única. Siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros. Habrá los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada. Esta es prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad”.

Jorge Luis Borges

La vieja atorranta

17 oct

Hace muchos años, cuando era psicólogo muy joven, trabajé en algunos geriátricos. (…) Muchos de ustedes trabajarán o habrán trabajado en alguna institución, y sabrán que lo que tiene que hacer todo el que trabaja en un establecimiento al ingresar es ir a la cocina, porque la cocinera es la que está al tanto de todo lo que pasa.Más que los médicos incluso.

Llegué, entonces, una mañana, me dirigí a la cocina y, como era habitual, le pregunté a la cocinera.

-¿Y, Betty, alguna novedad?
-Sí, doctor- me llamó así aunque soy licenciado-. ¿Ya vio a la vieja atorranta?
-No – le dije asombrado-. ¿Entró una abuela nueva?
-Sí, una viejita picarona.
Me quedé tomando unos mates con ella y no volví a tocar el tema hasta que entró la enfermera y me dijo:
Gaby, ¿ya viste a la atorranta?
-No -le respondí.
-Tenés que verla. Se llama Ana.

Lo primero que me llamó la atención fue que utilizara, para referirse a ella, el mismo término que había usado la cocinera: atorranta. Pero lo cierto es que habían conseguido despertar mi interés por conocerla. De modo que hice mi recorrida habitual por el geriátrico y dejé para el final la visita a la habitación en la que estaba Ana.
En esa hora yo me había estado preguntando de dónde vendría el mote de vieja atorranta. Supuse que, seguramente, debía ser una mujer que cuando joven habría trabajado en un cabaret, o que tendría alguna historia picaresca. Pero no era así.
Cuando entré en su habitación me encontré con una abuela que estaba muy deprimida y que casi no podía hablar a causa de la tristeza. Su imagen no podía estar más lejos de la de una vieja atorranta. Me acerqué a ella, me presenté y le pregunté: -Abuela, ¿qué le pasa? Pero ella no quiso hablar demasiado; apenas si me respondió algunas preguntas por una cuestión de educación. Pero un analista sabe que esto puede ser así, que a veces es necesario tiempo para establecer el vínculo que el paciente necesita para poder hablar. Y me dispuse a darle ese tiempo. De modo que la visitaba cada vez que iba y me quedaba en silencio a su lado. A veces le canturreaba algún tango. Y, allá como a la séptima u octava de mis visitas la abuela habló:
-Doctor, yo le voy a contar mi historia.
Y me contó que ella se había casado, como se acostumbraba en su época, siendo muy jovencita, a los 16 años con un hombre que le llevaba cinco. Yo la escuchaba con profunda atención.
-¿Sabe? -me miró como avisándome que iba a hacerme una confesión-, yo me casé con el único hombre que quise en mi vida, con el único hombre que deseé en mi vida, con el único hombre que me tocó en mi vida y es el hombre al que amo y con el que quiero estar.
Me contó que su esposo estaba vivo, que ella tenía ochenta y seis años y él noventa y uno y que, como estaban muy grandes, a la familia le pareció que era un riesgo que estuvieran solos y entonces decidieron internarlos en un geriátrico. Pero como no encontraron cupo en un hogar mixto, la internaron a ella en el que yo trabajaba, y a él en otro. Ella en provincia y él en Capital.
Es decir que, después de setenta años de estar juntos los habían separado. Lo que no habían podido hacer ni los celos, ni la infidelidad, ni la violencia, lo había hecho la familia. Y ese viejito, con sus noventa y un años, todos los días se hacía llevar por un pariente, un amigo o un remisse en el horario de visita, para ver a su mujer.
Yo los veía agarraditos de la mano, en la sala de estar o en el jardín, mientras él le acariciaba la cabeza y la miraba. Y cuando se tenían que separar, la escena era desgarradora.
¿Y de dónde venía el apodo de vieja atorranta? Venía del hecho de que, como el esposo iba todos los días a verla, ella le había pedido autorización a las autoridades del geriátrico para ver si, al menos una o dos veces por semana, los dejaban dormir la siesta juntos. Y entonces, ellos dijeron: -Ah, bueno… mirá vos la vieja atorranta.
Cuando la abuela me contó esto, estaba muy angustiada y un poco avergonzada. Pero lo que más me conmovió fue cuando me dijo, agachando la cabeza:
-Doctor, ¿qué vamos a hacer de malo a esta edad? Yo lo único que quiero es volver a poner la cabeza en el hombro de mi viejito y que me acaricie el pelo y la espalda, como hizo siempre. ¿Qué miedo tienen? Si ya no podemos hacer nada de malo.
Conteniendo la emoción, le apreté la mano y le pedí que me mirara. Y entonces le dije:
-Ana, lo que usted quiere es hacer el amor con su esposo. Y no me venga con eso de que ¿qué van a hacer de malo? Porque es maravilloso que usted, setenta años después, siga teniendo las mismas ganas de besar a ese hombre, de tocarlo, de acostarse con él y que él también la desee a usted de esa manera. Y esas caricias, y su cara sobre la piel de sus hombros, es el modo que encontraron de seguir haciéndolo a esta edad. Pero déjeme decirle algo, Ana: ése es su derecho, hágalo valer. Pida, insista, moleste hasta conseguirlo. Y la abuela molestó. Recuerdo que el director del geriátrico me llamó a su oficina para preguntarme: -¿Qué le dijiste a la vieja?
-Nada- le dije haciéndome el desentendido- ¿Por qué?
La cuestión fue que con la asistente social del hogar en el que estaba su esposo, nos propusimos encontrar un geriátrico mixto para que estuvieran juntos. Corríamos contra reloj y lo sabíamos. Tardamos cuatro meses en encontrar uno. Sé que, dicho así, parece poco tiempo. Pero cuatro meses cuando alguien tiene más de noventa años, podía ser la diferencia entre la vida y la muerte. Además ella estaba cada vez más deprimida y yo tenía mucho miedo de que no llegara. Pero llegó.
Y el día en el que se iba de nuestro geriátrico fui muy temprano para saludarla, y e cuanto llegué, la cocinera me salió al cruce y me dijo: -No sabés. Desde las seis de la mañana que la vieja está con la valija lista al lado de la puerta. -Yo me reí.
Entonces fui a verla y le dije: -Anita, se me va. Y ella me miró emocionada y me respondió: -Sí doctor… Me vuelvo a vivir con mi viejito. -Y se echó en mis brazos llorando.
-Ana- le dije- Nunca me voy a olvidar de usted. Y como habrán visto, no le mentí.
Jamás me olvidé de ella, porque aprendí a quererla y respetarla por su lucha, por la valentía con la que defendió su deseo y porque gracias a esa vieja atorranta, pude comprobar que todo lo que había estudiado y en lo que creía, era cierto: que es verdad que la sexualidad nos acompaña hasta el último día y que se puede pelear por lo que se quiere aunque se deje la vida en el intento. Y además, porque la abuela me dejó la sensación de que, a pesar de todas las dificultades, cuando alguien quiere sanamente y sus sentimientos son nobles, puede ser que enamorarse sea realmente algo maravilloso y que el amor y el deseo puedan caminar juntos para siempre.

Extracto del libro “Encuentros” de Gabriel Rolón

Trampas del tiempo

9 sep

 

Sentada de cuclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió el cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los poros, y dijo:

-Lo único que te cambiaría es el domicilio.

Y desde entonces vivieron juntos, fueron juntos, y se divertían peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados.

Ahora este hombre, mutilado de ella, quisiera recordarla como era. Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenía la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.

Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.

Eduardo Galeano

Everybody needs an angel

25 ago

 

Definitivamente, uno de mis temas (y videos) preferidos.

 

Crisol

2 jul

“Estoy esperando que pase un tiempo a ver si sigo queriendo y después sí, voy a tatuarme, si es así”, dijo Nachu. Recordé que ese concepto se lo pasé yo. Recordé cuando se lo dije. Recordé cuando me lo dijeron. Recordé cuando tomé el concepto y lo hice mío.
Veo cada relación humana como una evolución – hay gente que no podría llegar a nuestras vidas si no hubiera pasado otra persona antes – y cada persona como un rompecabezas: muchas de las cosas que hacemos, creemos o decimos es algo que en su momento nos pareció cierto, correcto o genial.

Así es como pienso que debe ser complejísimo formar a una nueva personita. Así es como me gustaría pedirles a mis viejos la receta para haberme hecho como soy y luego pienso que es imposible, porque nadie podría hacer exactamente lo mismo que yo, al mismo tiempo, maduración y edad. Así es como pienso que todos somos un “crisol de historias”, y así es como pienso que somos todos diferentes y que el “son todos iguales” es sólo una excusa barata.

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